domingo, 24 de agosto de 2014

Hay gente que vive en distintas realidades a la mía, para explicar esto diré que en mi realidad, yo soy un adolescente en una de esas bicicletas de niño pequeño con un asa en la parte de atrás, propulsado por un adulto, creyendo ingenuo de mí que soy yo quien elige la dirección a la que voy, que soy yo el que se mueve pedaleando.
Para explicarlo de otro modo: un arnés que me sujeta ante posibles caídas, me siento seguro con él, pero reduce mi movilidad de una manera considerable. Intento escalar la montaña que es mi vida, aún me queda mucho para llegar a la cima, y ante cada desvío de la senda que me lleva directamente a la cima, noto un tirón del arnés indicándome que esa no es la senda que debo seguir, y aunque quiera escoger otro camino, el arnés me aprieta y la cuerda de seguridad tira de mí hacia abajo.
Otra realidad es la de la persona que tira de mi cuerda, que dirige mis movimientos en el triciclo, que cree hacer lo mejor por mí llevándome por la acera y no por la carretera, que cree que si me detengo para tomar fotos del paisaje en otro camino que no es el mío, debo volver inmediatamente a mi rienda.
Todos vivimos realidades independientes, pensamos de una manera diferente… Hay veces que me apetece tomar fotos del paisaje, arriesgarme a ir por la carretera y no la acera… Y aunque todo esto son metáforas, el arnés me aprieta cada vez más mientras intento crecer como persona, mientras intento darme cuenta de que si no quiero que me atropellen debo ir por la acera.

Seguiré el camino que crean correcto para mí, intentaré cambiar mi camino cuando se crean confiados de que he aprendido la lección, e intentaré no convertirme en una marioneta más.

lunes, 21 de julio de 2014

Contigo no se puede conducir.
No.
Haces que cada carretera convencional no lo sea y aumentas la velocidad poniéndome en riesgo. Poniéndome en riesgo de enamorarme más, y más, y aumentan los kilómetros/hora y las horas corren cuando estoy contigo.
Y me paran.
Y me multa la envidia de la gente por cogerte de la mano.
Y seguimos corriendo, y te beso, y me besas.
Nos besamos.
Bajo el techo del coche nos miran las estrellas celosas y salgo a respirar al exterior, salgo de mi burbuja de cristal empañado y el viento choca con cada parte de mi cuerpo haciéndome sentir más vivo.
Colisión frontal…
Lateral…
Trasera…
Me choco de nuevo contra tus mejillas.
Y la luna se rompe cuando me escucha gritar.
Y se caen las estrellas.

Y yo muero abrazado a ti, y vuelta a empezar. 

jueves, 5 de junio de 2014

El espíritu apolíneo y el dionisíaco.

Muchos no recuerdan el momento en el que empezaron a madurar. Yo sí, y en mi caso, fue de golpe y lo supe desde ese mismo momento.
Acababa yo de adoptar a la que fue mi perra hasta hace más bien poco, y salí a jugar con ella y con mis vecinas a la puerta en una tarde de verano. Jugaba con un balón de fútbol (inusual en mí lo del ejercicio físico) y di muestras de mis proezas deportivas rompiendo el cristal de la ventana de mi vecina. Asustado, como cualquier crío ante las posibles represalias de mi madre, salí corriendo hacia mi casa y saqué a mi perra “a pasear”, pensando que un cachorro de apenas dos meses podría defenderme ante mi vecina o ante la cólera de mi madre. Nada ocurrió. La tarde siguiente, airoso del incidente, decidí salir de nuevo. Me crucé con mi vecina que se acercó y me dijo: “¿Tú sabes quién ha roto el cristal de mi aseo?” y yo, que aún tenía las patas más cortas que las mentiras que hasta entonces había contado, decidí echarle valor y contar la verdad. “Fui yo”, dije, “fue sin querer, y me daba vergüenza decírselo por si mi madre me renegaba…”. La mujer, en puesto de echarme la bronca, me dijo que no pasaba nada, que un accidente lo puede tener cualquiera, y yo, contento por mi valentía se lo conté a mi madre. Craso error. Desde entonces comenzó en la actitud de mi madre un gran cambio hacia mí. No me renegó, si os lo preguntáis, al contrario, me felicitó y me dijo que eso era lo que tenía que hacer, y que teníamos que pagar lo roto. Nunca lo pagamos, no por falta de insistencia de parte de mi madre hacia la vecina, sino porque ella dijo que no tenía importancia, y, hasta hace unos meses, el cristal de la ventana seguía roto. Años y años después mirando a ese cristal rectangular en una pendiente diagonal… Desde entonces comenzaron a tratarme como a un adolescente, y no como a un niño. Desde entonces comenzaron las exigencias de madurez por parte de todos: colegio, familia…

Echo de menos ser un niño al que no le importaba romper ventanas, rasparse las rodillas con las caídas, no combinar la ropa ni preocuparme por qué dirán de mí, por las responsabilidades que me impone el espíritu apolíneo que me obliga a razonar y pensar antes de actuar. Echo de menos irme sin decir a dónde voy, no tener móvil y ser feliz, ser un niño y que el espíritu dionisíaco impere en mí. Ahora ya es demasiado tarde para dar marcha atrás, supongo…

jueves, 1 de mayo de 2014

La agarró fuertemente con sus varoniles manos y la postró contra el cristal de la mesa. Rompió el envoltorio que anticipaba el placer con los dientes, y lo clavó hasta lo más hondo, lo sacó y observó unas gotas rojas que arrastró hasta sus labios para degustar su agria recompensa. Lo volvió a introducir, esta vez suavemente y se fijó en como se retorcía. Rápido la asió con sus manos para que no cayese y consiguió terminar su labor. Extrajo el tapón y se sirvió una copa de vino mientras encendía el televisor, sacacorchos en mano, y dispuesto a pasar una noche más con ella: la botella.

sábado, 19 de abril de 2014

Empezaré diciendo que no sé qué me pasa. Que este no soy yo.
No sé qué me pasa. No puedo escribir como antes.
Desde hace unos meses he estado sufriendo muchos, muchísimos cambios, todos a mejor. Mi vida se está enderezando y no sé vivir bien. No sé vivir siendo feliz. Toda mi vida he tenido sentimientos negativos, sentimientos contradictorios, siempre que he tenido momentos buenos en mi vida me he dicho a mí mismo que algo malo iba a ocurrir. Ahora no. Ahora me siento optimista, sé trabajar con mis problemas, conozco mis defectos y mis virtudes y sé valorarlos.
No sé qué me pasa: me siento delante del papel pretendiendo escribir como siempre, escribir las cosas que me caracterizan como escritor y de la misma manera que siempre, pero no me sale. Siempre me he desahogado escribiendo sobre muerte, soledad… Sobre temas depresivos… Y ahora que mis circunstancias son otras, no sé sobre qué escribir.
Ser feliz está jodiendo lo único que me gustaba de mí.
No termino de ver la vida en color rosa, aún tengo esa mancha negra que es para mí mi escritura, pero esa mancha es demasiado pequeña ahora…
No sé si quiera por qué escribo esto… Considerémoslo una disculpa hacia quienes me leen y una disculpa hacia mí por lo que pueda escribir con estos sentimientos.
Bécquer decía: “cuando siento, no escribo”. Pues a mí me pasa lo contrario: cuando siento, en este caso, cuando me siento mal, escribo. Y me siento mal por no sentirme mal y no escribir.

No sé… Es complicado.

lunes, 14 de abril de 2014

Encarna Ruiz López
C.P 16913
Calle de la injusticia número 76
Mi corazón, Murcia, España.
Abuela,
Miro tu retrato, tu reloj de pulsera, es lo único que me queda de ti. Nadie se imagina las horas que he pasado intentando detenerlo, darle cuerda hacia atrás. Pero no se puede recuperar el tiempo perdido, y el tiempo que paso intentando frenarlo es tiempo que paso pensando en ti. Y me da fuerzas para volver a intentarlo, intentar parar el tiempo, volver a aquellos días en los que me dormía sobre tu regazo, días de alegría e inocencia. Volver a aquellos días en los que de sol a sol jugábamos juntos y de luna a luna me arropabas. Queridísima y amada abuela, estoy a punto de caer. No estoy hecho para mí, necesito compartirme contigo.
El techo de mi cuarto me cuenta tantas historias en la oscuridad... ¿En eso has quedado? Tú, que has sido lo más grande del mundo y el mundo se te ha quedado pequeño. Cuando te miro comprendo entera la vida, pero no la mía. Te pido egoístamente que te levantes y vuelvas a mí, enséñame de nuevo a sonreír, abuela.
Visito tu casa y abrazo tu lápida, pero el mármol, por más tiempo que roce mis mejillas húmedas, no da el calor de tus abrazos y no consuela, no me defiende cuando tengo problemas, ni llena el vacío que dejaste en mí. Vacío lleno de recuerdos incompletos por una memoria que empieza a fenecer. ¿Por qué, por qué tú? A veces te odio por irte sin decir nada y a veces te adoro por esperarme. Recuerdo hablarte y besarte en la cama del hospital. Me pregunto si me escuchaste y si harás lo que te dije. ¿Me esperarás? Allá donde vayas y el tiempo que haga falta, ¿lo harás? ¿Supiste que te quise? Me arrepiento de tantas cosas, abuela... Daría mi vida porque volvieses un minuto, sólo pido un minuto, para que pudiese decirte que eres lo mejor que ha existido, que de nada sirven los estudios y que los dejaría ahora mismo si supiese que me podría parecer lo más mínimo a ti, que te quiero, que te quiero, ¡QUE TE QUIERO! Y abrazarte y no dejarte escapar, y si te vas te acompaño, diremos a todos que vamos a comprar el pan o al parque, como hacíamos antaño con esa complicidad que nos caracterizaba. Abuela, te lo imploro... ¡Ven a mí! Sal de mis sueños y ven a mí. Deja lo que estés haciendo, donde quiera que estés. Tu nieto va de camino a tocarte el timbre mil veces, aunque la puerta esté abierta; tu nieto va a buscarte donde quiera que estés y va a darte un abrazo. E, incluso, si estás de espaldas sabrás quién soy, porque con ese abrazo te intentaré transmitir todas las palabras que escribir no puedo; todas las imágenes que aún tengo de ti. No las quiero, ¡llévatelas! Vamos a crear unas nuevas juntos.
Eres la mujer más fuerte que jamás he conocido. La más pícara, la más luchadora, la más leal e inteligente. La misma mujer que aprendió a leer sola y devoraba todos los libros que su nieto le traía. La mujer que sin necesitar título alguno podría haber pagado las pensiones de toda España y la misma mujer que tenía tiempo para hacer felices a todos. Una gran mujer me dijo una vez: "tu hermana vive en Murcia, por lo que no la ves todos los días, pero sabes que está ahí. Igual pasa con la gente que muere, tienes que pensar que viven muy lejos, y que, mientras estén en tu pensamiento, como lo está tu hermana, seguirán ocupando un lugar entre los vivos en tu mente y en tu corazón". Tomé aquello como una verdad y me aferré a ella como única escapatoria. Ojalá que fuese cierto que sólo vives lejos y no que ya no estás. Si vives lejos, por favor, dame tu dirección, déjame visitarte aunque tenga que ir andando de un lado al otro del mundo. Mientras tanto seguiré mandándote cartas donde siempre. Si, por el contrario, no estás aquí físicamente, leeré esto noche tras noche, con la esperanza de que llegue a la parte de mi corazón donde tú estás y vuelvas, aunque sea a darme un beso de buenas noches cuando esté dormido.

Tu nieto, el pequeño al que hiciste tan grande.

lunes, 10 de marzo de 2014

No sé si es el frío, o la soledad, o las canciones que escucho, lo que empapa mis huesos y me hace tiritar. Ecos que me hacen meditar y entrecortan mis pensamientos y respiración. Tirito ahora más y escucho en el silencio las voces que me recuerdan las cosas que hago mal, las que he hecho mal y las que haré mal. He vivido llevando los problemas de los demás por delante y he olvidado los míos en los rincones más oscuros de mi ser. A veces vuelven, como hoy, y me saludan, me recuerdan que siguen ahí y esperan pacientemente a que termine de solventar los problemas de los demás y me plante frente a ellos como ante un plato de verduras: sabes que te lo tienes que acabar entero y que a la larga será beneficioso para ti. Me da miedo comerme mis problemas... ¿Qué soy yo sin ellos más que un humano cualquiera? Ya me he acostumbrado a verlos amontonados en el rincón más frío de mi alma, y en noches como esta me acerco sin compañía a visitarles y me reciben con el duro helor glacial de la realidad. Y cuando digo que hoy no es mi día, es que hoy toca comer verduras. Y siempre me dejo trozos, los más grandes para otro día, hasta que estos pasan a ser los trozos más pequeños de mi plato que nunca deja de llenarse.